La esquina de Balcarce y Brown se ha convertido en un símbolo de la gastronomía local, donde el Comedor Balcarce ha estado presente durante más de seis décadas, sirviendo a generaciones de comensales. Desde su fundación en 1961, este establecimiento ha sido un punto de encuentro no solo para los obreros del puerto, sino también para familias y amigos que han hecho de este lugar su hogar.
Fernando Santarelli, actual propietario y tercera generación al mando del negocio familiar, recuerda con nostalgia los inicios del comedor. «Antes de ser un restaurante, este lugar era un almacén de bebidas llamado El Baturro, que compraron mis abuelos tras dejar su pueblo natal por la búsqueda de mejores oportunidades en Rosario», relata. La cocina del Comedor Balcarce comenzó a tomar forma gracias a la demanda de los trabajadores de la zona, quienes buscaban un lugar donde alimentarse después de largas jornadas laborales.
Con el tiempo, el barrio de Pichincha ha cambiado drásticamente, pasando de ser una zona considerada peligrosa a convertirse en un atractivo turístico. Sin embargo, el Comedor Balcarce ha mantenido su esencia, ofreciendo platos tradicionales como milanesas, pucheros y hígados encebollados, que han sido parte de su carta desde los inicios.
Fernando se unió al negocio familiar en 2006, tras explorar diferentes caminos en su vida profesional. Desde entonces, ha implementado cambios significativos, incluyendo una actualización en la carta de vinos y un enfoque en las redes sociales, atrayendo a un público más joven. «Quisimos modernizar sin perder la historia que nos precede», afirma. Además, planea reintroducir platos que fueron parte de la tradición del comedor, como el chupín de armado y diversas tapas de embutidos.
El impacto de la pandemia fue un desafío significativo para el Comedor Balcarce, pero la resiliencia de la familia Santarelli ha permitido que el restaurante continúe funcionando y adaptándose a las nuevas realidades del sector gastronómico. Fernando también ha explorado nuevos horizontes a través de su proyecto de alta cocina, Negre, donde busca fusionar la gastronomía gourmet con productos locales.
Hoy, el Comedor Balcarce no solo es un lugar para comer, sino un espacio que atesora historias y recuerdos de quienes lo han visitado a lo largo de los años, consolidándose como un verdadero emblema de la cultura culinaria de la región.
Fuente: La Nación












