
Hay historias de amor que parecen escritas para el cine. Otras, en cambio, se construyen de una manera mucho más silenciosa. No tienen escándalos, ni grandes declaraciones públicas, ni tapas de revistas. Se sostienen en la rutina, en los pequeños gestos cotidianos y en la decisión de caminar juntos durante décadas. La de Juan Carlos Calabró y Aída Elena “Coca” Picardi pertenece a esa categoría.
Durante más de cincuenta años compartieron alegrías, incertidumbres, éxitos profesionales, nacimientos, nietos, problemas familiares, de salud, dificultades… Él se convirtió en uno de los humoristas más queridos de la Argentina. Ella eligió permanecer lejos de los reflectores, pero se transformó en el sostén emocional de una familia que aprendió a convivir con la popularidad.
Cuando Juan Carlos murió el 5 de noviembre de 2013, muchos argentinos sintieron que se iba una parte de su infancia. Pero para Coca no desaparecía solamente una figura pública. Se iba el muchacho del que se había enamorado siendo joven, el compañero de toda una vida. La historia había comenzado mucho antes de que existieran Johny Tolengo, El Contra o Aníbal. Mucho antes de los premios, las giras y la fama.
Nace una estrella
Juan Carlos Calabró nació el 3 de febrero de 1934 en Buenos Aires, en el seno de una familia de origen italiano. Como tantos jóvenes de la época, creció en una ciudad donde la radio era la gran compañía de los hogares y donde el humor tenía figuras legendarias que alimentaban sueños imposibles.
Desde muy joven sintió fascinación por el espectáculo. Le gustaba imitar voces, inventar personajes y provocar risas. Sin embargo, el camino hacia la fama estaba lejos de ser sencillo. Mientras buscaba oportunidades laborales, conoció a la mujer que terminaría convirtiéndose en el gran amor de su vida: Aída Elena Picardi. Para todos, simplemente Coca.
Años después, el propio Calabró recordaría aquella historia con una mezcla de humor y emoción. Contó que había pedido ayuda a Dios para encontrar una buena compañera y que, cuando apareció Coca, sintió que aquella respuesta había llegado de inmediato. “Fue un milagro”, diría mucho tiempo más tarde al recordar el inicio de la relación. Y se enamoraron siendo muy jóvenes, cuando no había fama ni dinero, solo proyectos. Y muchas ganas de construir un futuro juntos.
La relación avanzó rápidamente y el 5 de enero de 1962 se casaron. Ninguno de los dos podía imaginar entonces que aquel matrimonio terminaría convirtiéndose en uno de los más duraderos del ambiente artístico argentino. Por esos años, Calabró comenzaba a abrirse camino profesionalmente.
Debutó en radio a principios de los años sesenta con el programa Farandulandia y poco después dio el salto a la televisión en Telecómicos, un ciclo humorístico que marcaría el inicio de una carrera extraordinaria. La televisión argentina estaba creciendo y Juan Carlos comprendió rápidamente cómo conectar con el público. Tenía carisma, capacidad para la improvisación y una habilidad poco común para construir personajes populares.
Mientras él pasaba cada vez más horas entre estudios de televisión, teatros y giras, Coca se convirtió en el eje de la vida familiar. Jamás intentó competir con la fama ni buscó protagonismo. No quiso convertirse en celebridad, solo eligió acompañar. Y esa decisión marcaría toda la historia de la pareja.
Sus hijas, la vida misma
En 1966 nació Iliana, la primera hija del matrimonio. Su llegada cambió por completo la dinámica familiar. Juan Carlos estaba cada vez más ocupado profesionalmente, pero procuraba que el trabajo no lo alejara de la crianza. Coca asumió gran parte de las responsabilidades cotidianas mientras alentaba la carrera artística de su marido. Siete años más tarde llegaría Marina Edith. La familia estaba completa.
Con dos hijas pequeñas y un padre que comenzaba a transformarse en una figura reconocida, la casa de los Calabró se volvió un punto de encuentro permanente. Actores, humoristas, productores y amigos desfilaban por allí. Muchos años después, tanto Iliana como Marina recordarían un hogar donde el trabajo y la familia convivían naturalmente.
A diferencia de otras estrellas de la televisión, Juan Carlos no cultivó una imagen de divo. Sus colegas lo describían como un hombre amable, trabajador y profundamente comprometido con su profesión. En la década de 1970 comenzó a consolidar definitivamente su nombre. Llegaron las películas, las obras teatrales y los primeros grandes éxitos televisivos. Pero fue en 1978 cuando nació el fenómeno que cambiaría para siempre su carrera: Calabromas. El programa se convirtió en una verdadera institución del humor argentino. Personajes como Johny Tolengo, Gran Valor y Aníbal ingresaron al imaginario popular.
Frases enteras pasaron a formar parte del lenguaje cotidiano. El éxito fue enorme. Y Coca observaba todo desde un segundo plano. Nunca pareció sentirse incómoda con ese lugar. Por el contrario. Entendía que la popularidad de su esposo era consecuencia de años de esfuerzo y sacrificio.
Mientras tanto, las hijas crecían. Iliana heredó la pasión artística. Comenzó a estudiar teatro desde pequeña y terminó incorporándose al universo profesional de su padre. Fue él quien la ayudó a dar sus primeros pasos en televisión y quien la integró a varios de sus proyectos. Marina, en cambio, eligió otro camino. Estudió Ciencias Políticas y desarrolló una destacada carrera periodística, aunque sin alejarse completamente del ambiente mediático en el que había crecido.
Juan Carlos y Coca disfrutaban viendo cómo sus hijas construían identidades propias. Nunca pretendieron imponerles un destino. Las acompañaron en sus elecciones y celebraron cada logro. Con el paso de los años llegaron también los nietos: Nicolás y Stéfano, de Iliana. Y Mía, por parte de Marina. La familia se amplió y Calabró descubrió una nueva faceta: la de abuelo. Quienes frecuentaban su entorno contaban que se emocionaba especialmente con los más chicos. No resultaba extraño. Después de todo, había dedicado gran parte de su carrera a hacer reír a varias generaciones.
Pero la vida familiar también conoció momentos difíciles. Las separaciones sentimentales de sus hijas provocaron dolor. Como ocurre en tantas familias, Juan Carlos y Coca sufrieron viendo mal a sus hijas, pero siempre estuvieron a su lado para acompañarlas. Especialmente compleja fue la situación que atravesó Iliana durante el escándalo judicial que involucró a su entonces esposo, Fabián Rossi. El caso tomó enorme repercusión pública y terminó derivando en investigaciones y procesos judiciales vinculados a maniobras de corrupción y lavado de dinero. La exposición mediática fue fuerte. Iliana quedó en el centro de una tormenta que afectó profundamente a toda la familia. Juan Carlos ya estaba atravesando problemas de salud, pero tanto él como Coca estuvieron firmes junto a su hija. No desde la estridencia ni las declaraciones grandilocuentes. Sino desde la contención familiar. Esa había sido siempre la forma de actuar de los Calabró. Puertas adentro.
Un grande entre los grandes
Mientras tanto, el humorista continuaba siendo una figura respetada por colegas de todas las generaciones. A lo largo de más de cinco décadas compartió escenarios y estudios con nombres fundamentales del espectáculo argentino. Desde Antonio Carrizo hasta Juan Carlos Altavista, pasando por Susana Giménez, Carlos Balá, Emilio Disi, Gerardo Sofovich y decenas de artistas que encontraron en él un compañero generoso.
Una de las anécdotas más repetidas era la admiración que despertaba entre los técnicos y trabajadores detrás de cámara. Llegaba temprano. Conocía el nombre de todos. Saludaba uno por uno. Ese comportamiento, poco frecuente en algunas figuras muy populares, explicaba buena parte del cariño que generaba. Y Coca estaba presente en cada etapa. En los estrenos y en los éxitos. También en las frustraciones y las giras interminables. Cuando las luces del estudio se apagaban y los personajes quedaban atrás, ella seguía allí. Como al principio. Como siempre.
Los últimos años fueron difíciles. La salud de Juan Carlos comenzó a complicarse y obligaron a variadas internaciones. La familia se organizó para acompañarlo. Y Coca volvió a ocupar el lugar de toda su vida: el de sostén. Prácticamente no se separó de él. Allí estuvo en consultas médicas, tratamientos y hospitalizaciones. Con la misma dedicación que había mostrado durante más de medio siglo.
El 5 de agosto de 2013, durante la ceremonia de los premios Martín Fierro celebrada en el Teatro Colón, Juan Carlos se dio el gran gusto de su vida. Ya a los 79 años y pese a estar delicado, supo brillar del brazo de sus dos hijas, Iliana y Marina, cuando APTRA le otorgó una estatuilla especial en homenaje a sus 50 años de trayectoria artística y todos los presentes lo aplaudieron de pie.
Meses más tarde, el 5 de noviembre, llegó la noticia que nadie quería escuchar, la de su muerte. La conmoción fue enorme. Colegas, amigos y admiradores coincidían en una misma idea: se iba uno de los grandes humoristas de la televisión argentina. Pero las palabras más conmovedoras fueron las de Coca. “Yo siempre lo apoyaba, lo alentaba”, dijo entre lágrimas. Y confesó algo que resumía toda una vida compartida: “La verdad es que no sé cómo sigue mi vida sin él”. Aquella frase reflejaba mejor que cualquier otra el vínculo que habían construido. No eran simplemente marido y mujer. Eran compañeros, socios emocionales, compinches.
Hoy, más de una década después de la muerte de Juan Carlos, su figura continúa despertando cariño. Sus personajes siguen siendo recordados. Sus frases todavía generan sonrisas. Y su carrera ocupa un lugar destacado en la historia del cine, el teatro y la televisión argentina. Pero quizá el legado más profundo no sea artístico. Quizá esté en aquella historia de amor que comenzó cuando dos jóvenes soñaban con formar una familia y que resistió el paso del tiempo, la fama y las adversidades. Aída Elena Picardi nunca necesitó convertirse en protagonista para ser fundamental. Desde el silencio construyó un hogar, sostuvo una familia y acompañó a un hombre que hizo reír a millones de argentinos. Cuando Juan Carlos Calabró subía a un escenario, el público veía al artista. Cuando regresaba a casa, encontraba a Coca.
Y tal vez allí residió el secreto de una relación que atravesó más de medio siglo: en la certeza de que, más allá de los aplausos, los éxitos y la popularidad, siempre existía un lugar donde ambos podían volver a ser simplemente Juan Carlos y Coca. Dos jóvenes que se enamoraron para toda la vida.
Fuente: La Nación












